En un país como el Perú, milenario en historia, pero políticamente ignorante; es comprensible que, ante politiqueros y una élite capaz incluso de “exportar” corruptos —coludidos con empresarios de similar perfil, mediocres, oportunistas y mercantilistas— el ciudadano termine siendo manipulado y eligiendo a quienes lo han depredado. Estos empresarios, habituados a sobornar o corromper mediante lobbies, logran que les aprueben leyes para favorecerlos y/o para obtener jugosos contratos y concesiones donde maximizan su rentabilidad, inclusive recibiendo ingresos sin haber invertido. Algunos suelen ser accionistas o dueños de medios de comunicación con los que manipulan y engañan a la población.
Confundido no solo sobre lo que significa democracia por el simple hecho de emitir un voto, sino respecto a la burda narrativa de que quienes los han gobernado son de izquierda, cuando en prácticamente toda su historia de falsa democracia la derecha y la ultraderecha han secuestrado al Estado peruano, por ello los electores vuelven a elegir a sus verdugos, a quienes le han quitado derechos, ingresos y dignidad. En ese sentido, la frase del inglés Churchill, más conservador que liberal, encaja exactamente aquí: «El mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio».
A este proceso podríamos denominarlo el síndrome del masoquista.
La gallina desplumada: el síndrome de dominación de Stalin
La anécdota atribuida a Stalin ilustra de manera brutal la lógica del poder sobre los “estúpidos” del pueblo. Sus ayudantes lo veían desplumar a una gallina, lastimándola, despojándola de su protección y dejándola vulnerable y dolorida. Al tirarla al suelo y arrojarle un puñado de maíz, la gallina, aún desprovista de todo, corría a picotear el grano como si fuera un regalo.
Stalin comentaba: “Así es como se domina a los estúpidos: les quitas todo, los dejas en la nada, y luego les das una migaja, que ellos interpretan como favor”.
Esa imagen, cruda y perturbadora, describe un patrón de dominación política: primero se despoja al ciudadano de sus derechos, ingresos, dignidad e incluso de su capacidad crítica — porque al desaparecer la educación de calidad la academia se involucra y los neutraliza, distorsionando en la mayoría de los casos la teoría que imparte —; luego se le ofrece una pequeña gracia —un reintegro, un “milagro” de empleo, un subsidio ocasional— y el ciudadano, en lugar de rebelarse, obediente y agradecido, vuelve a correr tras quien lo ha humillado. En el fondo, el mecanismo se mantiene: se le quita autonomía, se le enseña a depender del favor y se le convence de que ese favor es un premio por su obediencia.
Fujimori y el diezmo de la gallina
En el Perú, el patrón de dominación y de estupidización masiva se manifestó de forma casi explícita durante el período gubernamental de mayor corrupción, delincuencia, venta de armas, narcotráfico y crímenes de lesa humanidad en el régimen del dictador Fujimori. Su modelo no fue solo económico ni únicamente autoritario: fue una ingeniería política de dominación afectiva.
Fujimori comenzó desarticulando el poder de la clase media y de los trabajadores del Estado: miles de empleados públicos fueron despedidos o “flexibilizados”, los sindicatos quedaron desarticulados y los canales de participación, neutralizados. El ciudadano medio quedó despojado de su seguridad laboral y de su capacidad de negociación.
Para “domesticar” a esos trabajadores se aplicó la fórmula del “maíz para la gallina”: funcionarios y empleados despedidos o precarizados fueron, en muchos casos, reincorporados, pero en condiciones distintas. La reincorporación venía acompañada de un diezmo simbólico y político: lealtad absoluta al régimen; renuncia a derechos previos; aceptación de la humillación; y, en no pocos casos, el pago de cuotas o “reconocimientos” al partido o aparato fujimorista.
Ese diezmo no fue solo económico; fue moral y político. El ciudadano aprendió que su lugar no era el del derecho, sino el del favorecido ocasional. Aprendió a agradecer lo poco que se le devolvía sin cuestionar lo que se le había quitado. Fujimori no solo privatizó empresas: privatizó la dignidad del trabajador y convirtió el empleo en una gracia del poder, no en un derecho ciudadano.
El “Plan Verde” y el contrato de 50 años de dominación
Todo este diseño encajaba en el denominado “Plan Verde” fujimorista: una estrategia pensada para mantener el control del Estado durante décadas, incluso más allá del gobierno formal del primer fujimorato. El “Plan Verde” no fue solo una planificación de golpe de Estado; fue y continuará siendo en el segundo fujimorato, un proyecto de dominación social y cultural destinado a: eliminar sujetos políticos fuertes (sindicatos, partidos tradicionales, intelectuales independientes); erosionar el Estado de bienestar; crear una clase de “beneficiados precarios” dependientes del poder; y construir un relato de seguridad, orden y “pacto con el pueblo” que justifique medidas autoritarias.
En ese marco, el ciudadano común se transformó en el equivalente de la gallina de Stalin: primero le quitaron el trabajo, la estabilidad y el sentido de futuro; luego, si se alineaba, le devolvían algo de seguridad a cambio de lealtad. El ciudadano, en lugar de rechazar el juego, lo aceptó como normal, incluso como “progreso”. Ese fue el contrato tácito del fujimorismo: unos pocos ganan mucho y se protegen; muchos pierden todo; y el resto acepta el rol de beneficiario precario, agradecido por la migaja.
Fujimori, la miseria y la pobreza del espíritu
Fujimori no solo implantó un modelo económico de recorte y autoritarismo; sembró miseria para cosechar pobreza —no solo material, sino también mental, espiritual y educativa. Al debilitar el Estado, fracturar los sindicatos, precarizar el empleo, cerrar espacios de debate y atacar a la prensa independiente, generó ciudadanos más vulnerables.
El fenómeno de las personas estupidizadas mediáticamente se refiere a la manipulación, alienación y reducción del pensamiento crítico a través del consumo masivo de contenidos basura (reality shows, escándalos, asesinatos diarios, la cobertura sensacionalista de adictos o vendedores minoristas de droga), de la ideología simplista y de la desinformación promovida por grandes empresas de comunicación y el ecosistema digital. Fujimori no solo dejó una deuda económica; dejó una deuda de conciencia política que el país sigue pagando cada vez que el ciudadano —desplumado, mentalmente estupidizado y educativamente despojado — vuelve a depositar su voto en quienes lo han humillado.
Jessé Souza: “El pobre de derecha no nace, se fabrica”
Jessé Souza, sociólogo e investigador brasileño, plantea en su libro El pobre de derecha una pregunta clave: ¿por qué la gran mayoría de los pobres apoya a la derecha radical que apuesta por recortar derechos, imponer impuestos indirectos y reducir el Estado social en beneficio de las élites?
Souza sostiene que el voto de los empobrecidos no se explica principalmente por razones económicas; no es que el pobre “concretamente gane algo para el bolsillo”. Sus decisiones políticas se mueven por motivos morales y emocionales. Para Souza, el pobre que defiende políticas de ultraderecha no es una anomalía incomprensible, sino un producto de una máquina cultural (televisión, escuela, iglesias, redes) que le enseña que el éxito es mérito y el fracaso, culpa. Ese pobre termina defendiendo el sistema que lo empobreció para no sentirse “uno más de los resentidos”, sino alguien “con principios” y “autocontrol”.
El “síndrome del Joker” y la humillación moral
Una idea central de Souza es el llamado “síndrome del Joker”, inspirado en el personaje de la película. Las personas marginadas mantienen un profundo sentimiento de humillación e invisibilidad social: en el trabajo, en la calle, en su relación con el Estado y en la forma en que se habla de su pobreza. Esa exclusión genera resentimiento y frustración que no se canaliza hacia el sistema económico causante de la desigualdad, sino hacia otros grupos vulnerables, no hacia las élites que perpetúan su condición.
La humillación se constituye en una herida moral: el sistema hace creer al pobre que su situación es culpa propia, por falta de esfuerzo o “mala conducta”. La derecha radical ofrece, entonces, sentido de orden, sensación de “poder” simbólico y la posibilidad de descargar ese resentimiento contra migrantes, pobres extremos o minorías.
El falso moralismo y la construcción simbólica
Souza plantea que las élites construyen un “falso moralismo”: atribuyen la pobreza a la moral del pobre y no a un sistema desigual, desacreditan lo público como “pago a los vagos” y exaltan el éxito individual como mérito. Así, el pobre termina culpando a otros pobres por su situación, rechazando políticas redistributivas porque las ve como “premios a los irresponsables” y defendiendo un sistema que lo mantiene pobre, pero le otorga un rol moral “correcto” en la jerarquía social. En términos amplios, Souza propone que la política moderna no se gana solo en el terreno económico, sino también en el simbólico y moral.
Este análisis ayuda a explicar por qué, en la última elección peruana, la tendencia que favorecía a Juntos por el Perú (representada por Roberto Sánchez) cambió: mientras la izquierda siga hablando únicamente de distribución y la derecha se apropie del discurso sobre mérito, orden y moral, el pobre tenderá a votar por quienes defienden ese relato.
Para romper este ciclo perverso es necesario emprender una batalla cultural: reconstruir la autoestima del pobre como sujeto digno y no culpable, y ofrecer una narrativa alternativa que dé sentido, reconocimiento y esperanza sin humillarlo. No basta con denunciar cómo la macroeconomía neoliberal ha destruido la capacidad de construir un país económicamente viable para todos; hay que explicar las consecuencias cotidianas: el tránsito caótico, las citas médicas que tardan meses o años por haber convertido la salud en un negocio, la proliferación de universidades que funcionan como fábricas de estafas educativas, y la colusión entre academia y poder que impide la mejora en ingresos per cápita.
Además, el sistema financiero —controlado por un puñado de bancos integrados en distintos sectores económicos— actúa como oligopolio: financia campañas, lucra con tasas descontroladas y recupera la inversión al influir en la aprobación de leyes que lo benefician. El resultado es que la sociedad queda atrapada en un modelo que reproduce precariedad y dependencia.
La izquierda debe presentar las fallas estructurales del fracaso global del modelo neoliberal como una injusticia moral. Debe exponer que la elevada informalidad peruana —entre el 75% y el 90%, según la región— es producto de la desindustrialización y de mantener un patrón exportador de materias primas sin valor agregado, que a pesar de producir gas y algo de crudo el actual déficit energético lo ha llevado a ser un casi importador neto de crudo y derivados quedando expuesto a las fluctuaciones de los precios internacionales de la energía.
El emprendimiento, en este contexto, no libera: es una actividad de subsistencia. El modelo ha abandonado a amplios sectores, a quienes mantiene sin redes de protección social, sin salud adecuada y con altos costos crediticios que asfixian. Solo así se podrá construir un relato que recupere dignidad, derechos y posibilidades reales de crecimiento para la mayoría de nuestros compatriotas.
Los espero en el siguiente artículo
“El falso milagro económico fujimorista reaparece”
Juan Távara B
Economista, Administrador, Marketero, Especialista automotriz y Máster en Dirección de Comercio Electrónico






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